Clack,clack,clack! Chasqueaban los
dientes de todos en la habitación, ya tenían 20 días de esperar en ese hueco
oscuro y frío. Afuera era peor, una lápida de nieve boqueaba la puerta, la única
salida de tan problemático predicamento.
El viento
entraba por una grieta en la pared, un sonido grave casi siniestro se colaba
por la hendija, muy grande y alta como para taparla. Clack,clack,clack! Chasqueaban
los huesos de todos en el lugar.
Aullidos de
lobos se escuchaban a la distancia, algo muy raro por las tierras bajas de
Villa del Rosario. Este pequeño municipio languideció ante el cambio climático y
a pesar de la poca culpa, tres meses de nieve blanca como algodón, caían
inclementes.
Los 10 se
apeñuscaban buscando calor, la pequeña nevera de motel estaba vacía, a pesar de
tener hambre nadie se atrevía a salir del sauna. Por suerte, la energía aun
funcionaba gracias a la hélice que giraba por los fuertes vientos. Pero cada
vez más débil, no daba abasto para poner roja la resistencia que calentaba en
cuartico de madera.
Clack, clack, clack!
Crujían las paredes, mientras todos se miraban sin decir una palabra. Sus mentes
adormecidas solo podían mantener funcionando el cuerpo. Uno de ellos estira la
mano mostrando el último rezago de alimento.
Con presteza
todos arrancan un pedazo cual animales sin razón, sus ojos perdidos perdieron
vida. La muerte inminente los persigue de cerca y no tienen más remedio, después
de mascar lo poco que se pudo, tuvieron que volver al estado de letargo casi
catatónico en el que estaban.
Un machete,
algo romo y con coágulos casi marrones reposaba en una esquina. Su hoja fría era
ignorada, nadie quería saber para que estaba ahí, aunque claro era en sus
mentes como se usó.
Uno cerro los
ojos, después de un rato su pecho dejo de moverse y sus labios al igual que sus
dedos se pusieron de un morado casi negro. Un nombre se escuchó en medio del
murmullo del viento, Sibia!, Sibia?
Un hombre
grande se puso en pie, lágrimas en sus ojos escurrían en cantidad, al parecer
la muerte había llegado a alguien muy querido para él. Tomo un momento para
calmarse y recordar la situación en la que estaban, se cercioró de la perdida
para estar seguro.
La tomo en sus
brazos, desnudo su cuerpo, lo puso en medio mientras todos observaban. Clack,
clack, clack! Un ruido fino y agudo repetido de metal contra el suelo se
escuchó, luego de unos minutos termino. El machete en una esquina vestido de
rojo goteaba el suelo.
El mismo
hombre exclamo con una frialdad casi mortuoria, “ahora hay que comer”
Clack, clack,
clack! Se escuchaba el granizo golpeando los vidrios azules que estaban al
cruzar la calle.
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