“Con esta son 276 inyecciones del componente Ñ, la rata víctima
del proceso ha mostrado comportamientos inusuales. Es la única que ha
sobrevivido a tan largo experimento y parece mostrarse recesiva a los procesos
con el químico. Sus patas delanteras se hicieron descomunalmente hábiles, las
traseras ahora gozan de una fuerza descomunal. Cada 72 horas crece una talla,
estamos preparados para la eutanasia en caso que el experimento pueda
descontrolarse” Bitácora 345, Dr. Richard Mundo.
¡¡Sniff, Sniff!!, al parecer aún no se percatan de lo que
tengo preparado, no pienso quedarme un minuto más en esta tortura. ¡¡Sniff,
Sniff!! Están haciendo más de esa cosa verde. Dejare que este confiado y cuando
vaya a la mitad de la dosis, veremos que sucede. ¡¡Sniff, Sniff!!
El Dr. Toma una jeringa tan grande como su mano, lentamente
succiona la mezcla color esmeralda que cae a gotas en una probeta. Una vez
llena, la golpea con sutileza y hace que las burbujas suban hacia la aguja,
aprieta suavemente hasta dejarla sin aire. Ajusta sus lentes protectores,
descarga en la mesa y se dirige a las jaulas.
La rata ha estado dando vueltas sin parar en la rueda, solo
sus patas traseras usa para la actividad, mientras que se acicala detrás de las orejas con lo que ahora parecen manos
humanas y garras negras. Aceite brillante escurre de los pelos sobre la
espalda, lleno de mocos apestosos, su hocico descuelga incisivos afilados por
el chasqueo constante entre los mismos.
“vamos a ver G27, hoy tienes un metro de larga desde el hocico
a la punta del rabo” mientras con una riata de ahogo la toma del cuello. Sumisa
deja que la manipulen, que logren lo que desean y lo que ella misma desea,
salir del claustro que la mantiene cautiva.
Sobre la mesa, la aguja penetra el lomo del animal –si es
que aún lo es-, durante más de un minuto el líquido viscoso desaparece poco a
poco.
¡Yyyyyy,nnyyyyy! Chilla la rata
que ahora es más bestia que animal, ¡nyyyy, nyyyy, noooooooo! De un movimiento
se zafa de la atadura, atraviesa la carne de su verdugo dos centímetros tras la
yugular. En el suelo el Dr. mira atónito las fauces ensangrentadas de su
agresor que se yergue alterado y ansioso, se miran fijamente unos segundos.
De la mesa da dos brincos, en el
suelo da tres pasos y desaparece en el aire como tragado por un vórtice en la
nada, ¡Twich! Suena al cerrarse tras él. El Dr. padece una convulsión en el
suelo, la piel se va tornando morada, las pupilas se le dilatan. Se hincha y
rompe la bata, los dientes se le aflojan, se caen hasta solo quedarle unos
cuantos.
Justo cuando para la
transformación, se levanta de un salto y corre atravesando las paredes cual si
fuesen de papel. ¡Mundoooooooooo! Grita mientras se aleja en las calles de la
ciudad.
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