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martes, 18 de abril de 2017

Twich Y Dr. Mundo

“Con esta son 276 inyecciones del componente Ñ, la rata víctima del proceso ha mostrado comportamientos inusuales. Es la única que ha sobrevivido a tan largo experimento y parece mostrarse recesiva a los procesos con el químico. Sus patas delanteras se hicieron descomunalmente hábiles, las traseras ahora gozan de una fuerza descomunal. Cada 72 horas crece una talla, estamos preparados para la eutanasia en caso que el experimento pueda descontrolarse” Bitácora 345, Dr. Richard Mundo.

¡¡Sniff, Sniff!!, al parecer aún no se percatan de lo que tengo preparado, no pienso quedarme un minuto más en esta tortura. ¡¡Sniff, Sniff!! Están haciendo más de esa cosa verde. Dejare que este confiado y cuando vaya a la mitad de la dosis, veremos que sucede. ¡¡Sniff, Sniff!!

El Dr. Toma una jeringa tan grande como su mano, lentamente succiona la mezcla color esmeralda que cae a gotas en una probeta. Una vez llena, la golpea con sutileza y hace que las burbujas suban hacia la aguja, aprieta suavemente hasta dejarla sin aire. Ajusta sus lentes protectores, descarga en la mesa y se dirige a las jaulas.

La rata ha estado dando vueltas sin parar en la rueda, solo sus patas traseras usa para la actividad, mientras que se acicala detrás de  las orejas con lo que ahora parecen manos humanas y garras negras. Aceite brillante escurre de los pelos sobre la espalda, lleno de mocos apestosos, su hocico descuelga incisivos afilados por el chasqueo constante entre los mismos.

“vamos a ver G27, hoy tienes un metro de larga desde el hocico a la punta del rabo” mientras con una riata de ahogo la toma del cuello. Sumisa deja que la manipulen, que logren lo que desean y lo que ella misma desea, salir del claustro que la mantiene cautiva.

Sobre la mesa, la aguja penetra el lomo del animal –si es que aún lo es-, durante más de un minuto el líquido viscoso desaparece poco a poco.

¡Yyyyyy,nnyyyyy! Chilla la rata que ahora es más bestia que animal, ¡nyyyy, nyyyy, noooooooo! De un movimiento se zafa de la atadura, atraviesa la carne de su verdugo dos centímetros tras la yugular. En el suelo el Dr. mira atónito las fauces ensangrentadas de su agresor que se yergue alterado y ansioso, se miran fijamente unos segundos.

De la mesa da dos brincos, en el suelo da tres pasos y desaparece en el aire como tragado por un vórtice en la nada, ¡Twich! Suena al cerrarse tras él. El Dr. padece una convulsión en el suelo, la piel se va tornando morada, las pupilas se le dilatan. Se hincha y rompe la bata, los dientes se le aflojan, se caen hasta solo quedarle unos cuantos.

Justo cuando para la transformación, se levanta de un salto y corre atravesando las paredes cual si fuesen de papel. ¡Mundoooooooooo! Grita mientras se aleja en las calles de la ciudad. 

lunes, 17 de abril de 2017

Ahora son tres

Dos cuerpos yacen en el suelo, tapados levemente con la manta estampada de tigre, las pieles entrelazadas hacen difícil distinguir donde empieza y donde termina qué. Se escucha la lluvia fuerte que cae en el pequeño balcón con flores de colores, el fuego en la chimenea cruje al ir quemándose los leños. Las telas azules que cuelgan del techo, hacen sombras que bailan con la luz de las velas.

Grande en la pared, el espejo empañado gotea el suelo y forma un pequeño charco cada vez más grande. Los vasos de cristal rebosan de brandy sobre la mesita de hierro forjado cerca al fuego, mientras el frio de la noche tiende su velo avivado por las gotas que aún no paran de caer del cielo. El felino gordo camina despacio por la habitación, suelta su ronroneo suave a cada paso fofo de sus patitas suaves.

La lluvia se hace tormenta mientras los truenos sacuden la calma, una sirena de policía toma presencia de a poco en el oído. En el cenicero, la colilla de algo parecido a un cigarrillo aun deja salir un poco de humo, el sonido metálico de un cubierto que cae al suelo se escucha en la cocina. De ella, otro felino con una campanita colgada en el cuello sale a paso ligero, pasa sobre los cuerpos, salta la mesa del brandy y termina de otro brinco en un borde que sobresale de la chimenea.

Todos en la habitación aprovechaban el calor  y la luz que salía, hasta que …Cocó, “kitty, kitty, kitty” ven Gordito “kitty, kitty, kitty”. La voz era dulce, casi infantil, los gatos acudieron tan rápido como las centellas que iluminaban el cielo.

Una silueta voluptuosa salió de la cocina, su cabello pálido casi blanco ondulaba hasta llegar a sus nalgas. Rosadas con pecas, sus mejillas rozagantes de vida servían de sostén a dos ojos del color de la miel. Con una ceja alzada miro los cuerpos en el suelo, en su boca un cilindro de papel algo amorfo y en sus manos un zippo con el que encendió el objeto.

El pecho lleno de pecas hace sobresalir dos pezones rosados tensionados por el clima. Bajo el seno izquierdo un dragón azul que se desliza por las costillas, pasa por el ombligo y termina en su entrepierna. A grandes bocanadas va consumiendo lo que tiene en su boca, llena la habitación con el humo que expulsa. El color miel ahora se acompaña de numerosas venas rojas y con el último suspiro al terminarlo pregunta.


“¿Qué tal otro?”...

miércoles, 12 de abril de 2017

George

Un punto blanco, centro de un cuadro puesto algo torcido en la pared, su marco sucio de tanto tiempo deja caer polvo que destella con la luz de la ventada. Un sonido grave casi sordo al fondo es acompañado por una vibración en la tierra. Sentado en frente Muhhamad, su rosto esta de igual manera cubierto, con dos líneas color piel que le descuelgan desde los ojos.

Holgado, en una silla inamovible observa aquel punto blanco a par de metros, este crece conforme su pupila se dilata. El cristal de la retina deja pasar cada vez más luz, mientras sin moverse él y el cuadro cortan distancia. El fondo deja de ser negro, el punto se apodera del espacio, Blanco es todo ahora.

Muhhamad mueve su mano para correr las sábanas del tendedero, al fondo ve a su madre sudando por el ardiente sol y el esfuerzo de dejar todo tan limpio como cuando era nuevo. Ella voltea, le sonríe, sus labios se mueven sin liberar ningún sonido mientras su mano le pide que se acerque. Una sábana se suelta de la cuerda, quita los colores por un instante.

Risas y algarabía de niños. El rechinar de los columpios, el balancín, el canto del imam traído por el viento, sombras negras caminan de redor cuan espectros de ultratumba en pleno día. Mira al suelo, se percata de la ausencia de este, un espejo que refleja el cielo se lo traga entero.

Cálido se siente, protegido de todo peligro, pequeños destellos de luz rojiza languidecen a través de la membrana que lo guarda. Adicional al suyo, otro latido más fuerte comparte el espacio. El letargo que genera el sedentarismo de moverse solo en giros, hace que duerma placido y tranquilo.

“Is coming. Nurse, please make ready the delivery room”. El llanto de un bebe sosiega la sala, las caras del personal médico dan luz de satisfacción. Una nueva vida llega al mundo del lado contrario del planeta, del lado en que hubo poder para quitar miles de las mismas.


Poco a poco Muhhamad borra su vida anterior, sus padres ahora le llaman George. 

martes, 4 de abril de 2017

Clack, clack, clack en los vidrios azules

Clack,clack,clack! Chasqueaban los dientes de todos en la habitación, ya tenían 20 días de esperar en ese hueco oscuro y frío. Afuera era peor, una lápida de nieve boqueaba la puerta, la única salida de tan problemático predicamento.

El viento entraba por una grieta en la pared, un sonido grave casi siniestro se colaba por la hendija, muy grande y alta como para taparla. Clack,clack,clack! Chasqueaban los huesos de todos en el lugar.

Aullidos de lobos se escuchaban a la distancia, algo muy raro por las tierras bajas de Villa del Rosario. Este pequeño municipio languideció ante el cambio climático y a pesar de la poca culpa, tres meses de nieve blanca como algodón, caían inclementes.

Los 10 se apeñuscaban buscando calor, la pequeña nevera de motel estaba vacía, a pesar de tener hambre nadie se atrevía a salir del sauna. Por suerte, la energía aun funcionaba gracias a la hélice que giraba por los fuertes vientos. Pero cada vez más débil, no daba abasto para poner roja la resistencia que calentaba en cuartico de madera.

Clack, clack, clack! Crujían las paredes, mientras todos se miraban sin decir una palabra. Sus mentes adormecidas solo podían mantener funcionando el cuerpo. Uno de ellos estira la mano mostrando el último rezago de alimento.

Con presteza todos arrancan un pedazo cual animales sin razón, sus ojos perdidos perdieron vida. La muerte inminente los persigue de cerca y no tienen más remedio, después de mascar lo poco que se pudo, tuvieron que volver al estado de letargo casi catatónico en el que estaban.

Un machete, algo romo y con coágulos casi marrones reposaba en una esquina. Su hoja fría era ignorada, nadie quería saber para que estaba ahí, aunque claro era en sus mentes como se usó.

Uno cerro los ojos, después de un rato su pecho dejo de moverse y sus labios al igual que sus dedos se pusieron de un morado casi negro. Un nombre se escuchó en medio del murmullo del viento, Sibia!, Sibia?

Un hombre grande se puso en pie, lágrimas en sus ojos escurrían en cantidad, al parecer la muerte había llegado a alguien muy querido para él. Tomo un momento para calmarse y recordar la situación en la que estaban, se cercioró de la perdida para estar seguro.

La tomo en sus brazos, desnudo su cuerpo, lo puso en medio mientras todos observaban. Clack, clack, clack! Un ruido fino y agudo repetido de metal contra el suelo se escuchó, luego de unos minutos termino. El machete en una esquina vestido de rojo goteaba el suelo.

El mismo hombre exclamo con una frialdad casi mortuoria, “ahora hay que comer”


Clack, clack, clack! Se escuchaba el granizo golpeando los vidrios azules que estaban al cruzar la calle.